miércoles, 14 de marzo de 2012

“Un espectáculo más hermoso que contemplar las flores del jardín”

Anteriormente dijimos que los árabes fueron los creadores de la teoría del ajedrez y que, con ellos, el juego adquiere su carácter de ciencia. 
El primer gran teórico del shatranj fue al – Adli ar Rum, que vivió en la segunda mitad del siglo nueve, durante el reinado del califa abásida Mutauákkil. Antes que él, se había destacado Rabrab Jatahi, gran maestro de la corte del monarca al –Mahmun, soberano que admiraba a los eximios shutanyistas y que una vez se lamentó de su propia incapacidad para el juego, pronunciando estas célebres palabras: “Qué extraño es que yo, que gobierno el mundo desde la India al Este hasta Andalucía al Oeste, no pueda conducir treinta y dos piezas en un tablero de medio metro de lado…”.
Posteriormente, otro gran jugador llamado as-Suliabu Bakr, que fue también distinguido historiador, perfeccionó los trabajos de sus predecesores, centrados principalmente en los finales de torre contra caballo. Sus análisis, aunque primitivos, muestran una certera intuición y un dominio del tablero que resulta ya admirable. Se cuenta que, viendo jugar a as – Suli, el califa Ar-radi dijo un día que el shatranj era un espectáculo más hermoso que contemplar las flores del jardín.
Naturalmente, cuando los teóricos y estudiosos árabes consideran las aperturas, aparece una enorme diferencia con relación al ajedrez actual, toda vez que el peón sólo avanzaba una casilla en la jugada inicial, y que la dama y los alfiles tenían un movimiento mucho más restringidos que hoy. Estas limitaciones obligaban a adelantar enseguida todos los peones, a fin de desarrollar por la segunda línea las torres, que eran las piezas más poderosas. Por esta causa, las aperturas se estudiaban en sus primeras doce a quince movimientos y, sólo a partir de la posición resultante, comenzaba realmente la elaboración de uno u otro plan. Los teóricos concibieron, así, posiciones típicas, llamadas “ta biya”, desde las cuales arrancaba la mayoría de las partidas.
Lógicos y matemáticos como eran, los árabes no agruparon sus aperturas por el mero orden de las movidas iniciales –como erróneamente se hace ene l ajedrez de hoy-, sino por el esquema a que conducían esta movidas. Los planes giraban, por lo general, en torneo a la posición de determinada columna, con el objeto de abrir líneas para la penetración de las torres.  El nombre de los planteos era metafórico, y a veces incluso poético, otro rasgo propio de la cultura árabe. 
El jugador Abu Sharara fue el propulsor de una apertura llamada “Sayyal”, palabra que significa “torrente”. Consistía en el avance del peón alfil rey, que irrumpía con fuerza precisamente torrencial en las últimas líneas enemigas, buscando el punto dos alfil rey que era, y sigue siendo, el más vulnerable del tablero. Recuérdese que en el shatranj no existía el enroque, movimiento que ahora permite poner al rey en seguridad, alejándolo del centro del tablero. 
El discípulo de as – Suli fue un jugador apodado “al-lajlaj”, o sea “el tartamudo”, cuyo verdadero nombre era Abu L-Farag. Dos libros se conocen de este autor: Una colección de problemas y un tratado general de aperturas. Su principal virtud fue la de explicar la idea estratégica de cada planteo, algo que suelen omitir los teóricos modernos. En este sentido, cabe decir que al Lajlaj se adelantó a su época, y hay que pensar en Filidor –casi mil años más tarde- para encontrar un estudioso que exponga los principios del juego con tanta claridad, rigor e incluso amenidad.

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